EVANGELIO DEL DÍA: 2 de Septiembre de 2019
22ª Semana Tiempo Ordinario
Col 1,1-8/Lc 4,38-44
Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba enferma, con mucha fiebre, y rogaron a Jesús que la sanase. Jesús se inclinó sobre ella y reprendió a la fiebre, y la fiebre la dejó. Al momento, ella se levantó y se puso a atenderlos. Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diferentes enfermedades los llevaron a Jesús; él puso las manos sobre cada uno de ellos y los sanó. De muchos enfermos salieron también demonios que gritaban: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”. Pero Jesús reprendía a los demonios y no los dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al amanecer, Jesús salió de la ciudad y se dirigió a un lugar apartado. Pero la gente le buscó hasta encontrarle. Querían retenerlo para que no se marchase, pero Jesús les dijo: “También tengo que anunciar las buenas noticias del reino de Dios a los otros pueblos, porque para esto he sido enviado”. Así iba Jesús anunciando el mensaje en las sinagogas de Judea.
COMENTARIO AL EVANGELIO POR MONS. CARLOS OSORO
El médico que constantemente nos visita
Jesús es el Médico que cura toda enfermedad. Es el Médico que visita la casa de la enferma e “inclinándose sobre ella” le restituye su dignidad más grande: la de poder servir. Es el Médico que constantemente nos visita. No viene como un juez lejano, distante de nuestra situación, sino que se inclina hacia nosotros, se abaja. Su carne toca nuestra carne. Sus discípulos somos invitados también a inclinarnos, a visitar y tocar. A través de la Iglesia, cada vez que proclamamos la Palabra, que celebramos los sacramentos, que vivimos la caridad, Jesús viene a nosotros, se inclina sobre nuestra enfermedad y la fiebre desaparece; nos levanta de tantas postraciones y nos hace fuertes permaneciendo de pie para que podamos en todo servirle a Él y a los demás.
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