Para ser solidario hay que aprender a OBSERVAR . Si, es importante abrir los ojos para contemplar lo que ocurre a nuestro alrededor, si lo hacemos, podremos desarrollar una espiritualidad de la misericordia y de la solidaridad, que convierta nuestro corazón de piedra en un corazón de carne.
El levita, y el sacerdote, que nos presenta las escrituras, vieron al herido al borde del camino pero… no observaron lo que había pasado… estaban encerrados en su propio mundo personal. El buen samaritano, por el contrario, no solo vio, sino que observo, y se dio cuenta de la realidad de lo que había pasado. Porque vio y observó, tuvo COMPASIÓN: Aquí comienza la diferencia. El levita y el sacerdote no se compadecieron siguieron su camino. El buen samaritano cambio de ruta se hizo solidario
La compasión consiste en sufrir por el dolor del otro - no en sufrir el mismo dolor que el otro -. El otro, el excluido, el marginado, el pobre, llama a tu puerta y te pide ponerte en su lugar, ver la realidad desde donde él la ve, lo cual es imprescindible para una verdadera conversión al hermano o a la hermana, para esto. hay que DESMONTARSE - BAJARSE. El buen samaritano asume el riesgo de bajarse del caballo y quedar a merced de los bandoleros, o de que el herido fuese falso. Dios también se bajó en Jesús, dejando la forma divina y haciéndose hombre. Nadie puede ser solidario sin comprometerse con la realidad injusta que hay que cambiar. Nadie es neutral: o te comprometes a favor o en contra de la justicia, o lo que es lo mismo, a favor o en contra del que sufre. Si lo haces avanzas… Así te haces PRESENTE, CERCANO.
El buen samaritano tuvo contacto físico con el herido se hizo presente. Siempre se necesita la presencia física en medio de la situación en la cual queremos trabajar. Así es, como se da la verdadera solidaridad, la que te hace sentir hermano o hermana del otro. Al COMPARTIR LOS BIENES se produce el milagro y la realidad herida queda transformada. Así la solidaridad deja de ser una palabra para convertirse en un estilo de vida.
Jesus is the Bread of life. He gives us his body and blood in the Holy Eucharist. He has words of everlasting life. He is the Way, the Truth and the Life.
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